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Palestina e Israel

De gais, ortodoxos, violencia y derechos

En un país en el que la religión, sea cual sea, es el reclamo más exultante para recibir al extranjero, cuesta concebir que su capital –económica- haya sido considerada nuevamente en 2012, capital gay del mundo. Tel Aviv reboza hedonismo, nuevas tendencias y secularismo. Para los israelíes que viven en las principales ciudades costeras y especialmente en Tel Aviv, el país es una isla europea en medio de Oriente Próximo.

Dentro de todo éste guirigay de tribus, culturas, modas sociales y religiones que atraen y aturden de igual manera al visitante, existe una minoría: la comunidad gay, una de las más numerosas de la región, la cual es fuerte en Tel Aviv. Cientos de clubes, hoteles, bares y tiendas, asociaciones y grupos de presión han conseguido hacerse sitio en un Israel a tres caras: la secular y moderna Tel Aviv, la religiosa y ortodoxa Jerusalén, a la que se unen cientos de colonias y poblaciones cada vez más ortodoxas como Beit Shemesh, y las colonias y asentamientos ilegales que Israel expande por cualquier colina del que considera su territorio y que se caracteriza por una militarización que roza la paranoia.   (Nótese que no entramos a valorar la cara palestina, en la que el islamismo prohíbe y condena a partes iguales las prácticas homosexuales y que cuentan con una comunidad gay muy activa en los territorios anexionados por Israel tras los Acuerdos de Oslo).

Así, Tel Aviv es una burbuja dentro de la gran burbuja israelí. No ocurre lo mismo en la disputada “capital”, cada vez más ultraortodoxa: Jerusalén. En ésta ciudad, históricamente deseada por toda fuerza imperialista, confluyen los orígenes y lugares sagrados de las tres más importantes religiones monoteístas del planeta. Es aquí donde se dan las condiciones propicias para el logro del más absoluto compromiso de entendimiento entre las diversas culturas, lenguas y religiones pero también en las que, por desgracia, el fanatismo y radicalismo religioso tornan al prójimo como adversario y se clama, cada día, por la destrucción del mismo.

En 2005, Ishai Schlussel, un joven judío ultraortodoxo de 30 años de edad apuñala a 3 participantes de la marcha del orgullo gay en Jerusalén. Es condenado a 12 años de prisión por tentativa de homicidio y lesiones. Link. Más recientemente, el 1 de agosto de 2009, un hombre vestido de negro –supuestamente ultraortodoxo judío-, entró en un centro de apoyo para jóvenes gays y lesbianas en Tel Aviv y mató a dos jóvenes (Liz Tarbishi, de 17 años y Nir Katz, de 26) tras dispararles con un muy común rifle de asalto M-16. Una sociedad en contraste en la que buscan hacerse hueco algunas minorías.

Desde entonces, la comunidad gay de Jerusalén, extensible a toda la Cisjordania ocupada, las colonias y territorios israelíes con una tímida excepción en las principales ciudades costeras israelíes y Tel Aviv, viven en la clandestinidad: Todavía  la homofobia es patente en ambos lados y supone un problema mayor cuando la sociedad está fuertemente armada y mama discursos radicales desde la infancia.

Pese a todo, un estado moderno como el de Israel, que presume de tolerancia –sin cuestionarse, por supuesto el apartheid infringido a los palestinos- y de democracia, ha desarrollado un cuerpo legislativo de protección a los homosexuales, similar al de algunos países europeos: en 1988 se legaliza la homosexualidad. Hoy día, cuentan con el reconocimiento de parejas de hecho, la adopción de niños (algunos estudios apuntan a que es la comunidad gay del mundo que más niños adoptan) y la garantía de no discriminación del colectivo LGTB en el ámbito laboral. Incluso en el Tzahal (el Ejército), se condenan los actos homófobos. Pero es un largo recorrido. Asociaciones como la Havruta (Comunidad Judía Religiosa Gay) o Aswat, localizada en la localidad costera de Haifa y que da apoyo a jóvenes palestinos, se han hecho un hueco a medio camino entre la ortodoxia del estado judío y el conflicto armado.

Pero en un país tan lleno de incoherencias, la disidencia judía de las normas “no escritas” del Estado de Israel, que calla cuando el judaísmo oficial habla y actúa, levanta cada vez más alto el tono ante un radicalismo religioso con el que no se sienten identificados.

El pasado 28 de enero, en un gay club de Jerusalén, tuvo lugar una fiesta gay. Para mi sorpresa, sin antes conocer todos éstos acontecimientos que ya forman parte de la historia más reciente de Israel, se trató de un acto de reivindicación política y activismo a favor de las minorías y de la comunidad homosexual en particular. Es el primer evento de éste tipo en muchos años, afirman varios de los asistentes. Se respira reafirmación y libertad, convencimiento pero también dudas acerca del futuro más inmediato en una ciudad en la que, según las previsiones, en pocos años, la comunidad judía ultraortodoxa doblará a la ya existente y serán mayoría en la ciudad santa por excelencia.

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